J. Miguel Vargas Rosas Al inicio del libro que agrupa las cartas de Antonio Gramsci desde la cárcel (Fundación Editorial el perro y la rana, 2006) se indica que «en la historia no hay espacio para el silencio y el vacío» (p. 7) y como esta es una afirmación que cobra mayor relevancia en nuestros tiempos, es necesario manifestarnos frente a los procesos electorales en el Perú. Según la vieja cháchara, las elecciones son, supuestamente, una garantía de la libertad y de la justicia social, pero ahora se desenmascara con mayor cinismo, mostrando su verdadero propósito: ceder a las clases oprimidas, cada cierto periodo, la libertad de elegir qué representante de la burguesía las aplastará en el parlamento. Decimos que se desenmascara con mayor cinismo, porque después de atravesar una crisis política durante los últimos diez años que expuso las contradicciones de las dos grandes burguesías, se nos presenta una lista de candidatos con un largo historial que los inmiscuye en actos de corrupción, mafia, robo, violencia y otros delitos más que no pudieron ni pueden ocultar a la opinión pública, lo cual alarma también a los representantes del imperialismo, no porque luchen por la “decencia”, sino porque todo esto exhibe el hediondo sistema que gobierna el país, atiza la indignación de las masas trabajadoras y, en consecuencia, desestabiliza la seguridad que tienen las grandes potencias de afianzar su dominio sobre nosotros. Las peroratas sin sustento ni base que exponen los candidatos en los llamados “debates presidenciales 2026” solo demuestran que en el Perú se ha hecho un trabajo riguroso para someter a un porcentaje considerable de la población en la fea costumbre de creer, admirar y respetar las bravuconadas, los disparates, al típico charlatán que habla en demasía, que practica el autoelogio, al que suele pararse en una tribuna y hablar horas y horas con un tono imponente sin sustento ni base; es decir, parlotear futilidades, sin decir absolutamente nada. Han intentado educar a las masas en la admiración a las proclamas huecas, a los lenguaraces, y así descuidar el contenido y los hechos. Comúnmente, los que hablan demasiado tienden a expresar solo superficialidades y vulgaridades. Basados en esto, los debates sirven para ver si alguno de los candidatos puede “hipnotizar” a los electores mediante palabras insulsas o discursos populistas, sin darle importancia alguna a sus acciones ni a sus derroteros políticos. Los candidatos presidenciales y sus “partidos” —aunque las bandas delincuenciales están más cuajadas y mejores organizadas— son continuadores de una política implementada por la gran burguesía que es, en todo sentido, un espíritu antinacional, detesta toda “soberanía” y detesta, por ende, la idea del desarrollo de la economía nacional. Este espíritu los imbuirá a seguir regalando el país a pedazos, pues están atados al imperialismo, norteamericano principalmente, el cual ha sido el más beneficiado con este sistema desde hace años, y con él también se beneficia la Gran Burguesía Financiera. Mientras la violencia delincuencial desangra a los pequeños y medianos empresarios nacionales, la Gran Burguesía Financiera se beneficia con las políticas del Estado, pues los bancos que operan en el Perú cerraron el 2025 con un incremento de su tasa de ganancias, la cual ascendió en un 37% frente al porcentaje del 2024, obteniendo utilidades por S/. 14, 147 millones; además, el cierre del año pasado ha demostrado la concentración de la riqueza en un grupo más reducido de dichas entidades (solo cuatro bancos capturaron el 83% de las utilidades). A la par, la deuda adquirida por las pymes nacionales se ha incrementado exorbitantemente con intereses entre el 21 y 22 %. Para la gran burguesía nada está mal y es obvio el porqué. La llamada izquierda que participa en las elecciones presidenciales alardea de hacer la revolución con su sola candidatura, pero se trata de aquella izquierda a la que Mariátegui llamó domesticada, pues ha aceptado y ha reaceptado el dogma neoliberal de que las leyes capitalistas son eternas, cayendo en el fetichismo de que antes del capitalismo no existía nada y tampoco existirá nada después; por eso, pregonan que la única solución para los peruanos son las urnas, pese a la decadencia de las mismas y al hecho de que durante años se ha comprobado la imposibilidad de luchar, por lo menos, a favor de reformas desde el parlamento. Desesperados, sin cuadros ni bases, involucrados en hechos de corrupción y acciones antirrevolucionarias y contrarrevolucionarias, claman a todo pulmón que nos sujetemos al juego implantado por las grandes burguesías y el imperialismo. La izquierda electorera también está manchada de horrores, oportunismo y escándalos propios de la gran burguesía; sus discursos son solo máscaras que no garantizan la brega ni siquiera por reformas dentro del mismo sistema. Esto ha conducido a una parte de la pequeña burguesía al pesimismo, mas, ese pesimismo debe ser desterrado por los r