Los domingos siempre huelen distinto en el pueblo, no sé cómo explicarlo, será el humo del café negro saliendo de las cocinas, el pan caliente envuelto en mantas o quizás el sonido triste de las campanas golpeando la mañana como si alguien estuviera llamando a los muertos.
Hoy también es domingo y también es Día de la Madre; la plaza ya está llena de globos rojos, de niños cargando flores baratas, de señoras peinadas con esmero para ir a misa. Desde mi ventana veo pasar gente sonriendo, parecen felices, parecen completos; yo no.
Yo estoy sentado solo, en esta casa donde el silencio ya aprendió a vivir conmigo, hace frío, el viento entra por las rendijas y mueve la cortina vieja que tú cosiste cuando todavía había ganas de arreglar la vida. A veces pienso que la tristeza también envejece, porque cuando estabas tú todo era juvenil, mamá.
Cuando te fuiste, yo lloraba gritando; ahora ya no; ahora uno se queda quieto nomás, mirando las paredes como si el dolor hubiera aprendido a caminar despacio, no sé por qué hoy te recuerdo más; quizás porque en el pueblo todos hablan de sus madres y yo apenas puedo hablarle a tu fotografía. Ahí estás, sobre la mesa, con ese vestido floreado que usabas los domingos, el mismo que olía a jabón y humo de leña.
Todavía recuerdo tus manos, que siempre estaban cansadas; cuando era niño yo no entendía eso, creía que las madres eran eternas, que nunca se enfermaban, que nunca lloraban cuando nadie las veía. Pero ahora sí entiendo tus silencios, por qué a veces te quedabas mirando el cerro mientras el agua hervía, entiendo por qué decías: «Hijito, algún día vas a crecer y ya no voy a poder cuidarte». Y yo me molestaba: «No hables tonterías, mamá». Qué iba a saber yo, porque uno de niño cree que la muerte vive lejos.
Me acuerdo de aquellas madrugadas cuando llovía fuerte sobre los techos de calamina y tú me hacías dormir pegado a tu pecho porque yo le tenía miedo a los truenos, «No pasa nada», me decías, «mientras yo esté aquí, nadie te va a hacer daño», y yo te creía, cómo no iba a creerte si para mí eras más grande que Dios.
Todavía puedo verte caminando por las calles del pueblo con tus zapatos gastados, llevándome de la mano rumbo a la escuela; yo renegaba porque no quería estudiar y tú me prometías una humita al regreso. Pobre vieja, ni plata tenías a veces, pero aparecía la humita, el pan, el cuaderno; aparecía todo, menos el descanso.
Nunca descansaste y yo nunca te di las gracias, eso es lo que más duele cuando alguien se muere. No las flores, no el cementerio, no el ataúd, duelen las cosas que uno ya no alcanzó a decir.
Ahora el pueblo está celebrando, escucho música lejos, un negociante grita promociones para las madres, hay niños corriendo, hay abrazos y yo aquí, sentado frente a tu taza vacía, porque ni siquiera tuve valor de guardarla. Tu taza sigue sobre la mesa como si fueras a volver en cualquier momento diciendo: «Hijito, sírvete café antes que se enfríe».

Cómo extraño hasta tu voz renegona, extraño cuando me despertabas temprano para ir a traer leña, extraño tus chancletazos, extraño cuando te sentabas cansada en la puerta mientras mirabas caer la tarde sobre los eucaliptos.
El pueblo era pequeño, mamá, tan pequeño que las tristezas se conocían entre todas, por eso cuando moriste, nadie habló fuerte ese día. Yo me acuerdo clarito, la lluvia caía suave y yo quería despertarte, quería decirte que no me dejaras solo, pero los muertos ya no escuchan, eso es lo más cruel. Uno sigue hablando años enteros y ellos nunca responden.
Ahora tengo tu edad y recién comprendo el miedo que debías sentir criando sola, luchando sola, envejeciendo sola, perdóname por no haber entendido antes, por las veces que me fui dando un portazo, por crecer, porque crecer también es una forma de alejarse.
Hoy compré flores, las tengo aquí, encima de la mesa, no son bonitas, las vendía una anciana, pero igual las traje, más tarde voy a ir al cementerio, limpiaré tu nicho, voy a sentarme contigo mientras cae la tarde y, aunque la gente piense que uno conversa solo, yo sé que me vas a escuchar, porque las madres nunca terminan de irse, se quedan en el café caliente, en las frazadas viejas, en los domingos tristes, en las canciones lejanas, en el humo de la cocina, en las palabras que uno no dijo.
Mira, mamá, ya están sonando las campanas otra vez, el pueblo sigue viviendo y yo sigo aquí, esperando, como un niño tonto, que un día abras la puerta y vuelvas diciendo: «Hijito, ya vine».
Las Pampas 7 de mayo del 2026










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