ROTHKO Y EIELSON EN FIRENZE Israel Tolentino Hace frío, como en las alturas andinas; intentas andar toda la Vía Romana con la cotidianidad de un habitante local, sin embargo, en cada paso algo se va pronunciando; al salir de una tienda, al cruzar la acera, tomar un café, recibir el vuelto en euros, dormir. El sol cae rasante sobre la vieja arquitectura, como trazo duro; “Il vento sulla pelle”, el río y la lluvia contiguos a la topografía de la ciudad. Cada “strada” pretende un orden y respeto que te produce titubeos. Por estos días vivo en el departamento del “Centro Studi Jorge Eielson”; en el mueble donde leo, descanso y pienso me acompaña la pintura: “Paisaje infinito de la costa del Perú”, realizada en 1962. La mesura de sus colores grises y el relieve alumbrado cenitalmente son como un trozo de la costa peruana entre julio y agosto, una sensación de neblina donde solamente está ausente el sonido del mar. Paisaje infinito de la costa del Perú (1960) fotografía: Andrés Gutiérrez. © Jorge Eielson, heredera Martha Canfield (Cortesía Centro Studi Jorge Eielson). Ando con la mirada radial, concentrado en las fachadas y las manos en los bolsillos, encuentro un afiche: “Rothko a Firenze”. Paro, me acerco, frente a la imagen leo en letras pequeñas: “No 3/No 13”, 1949, aquella nomenclatura me traslada a la palabra “Nodo” y a la frase “arte come nodo/nodo come dono” subtítulo de la exposición curada por Martha Canfield a los dos años de la muerte de Jorge Eduardo Eielson. Con los colores del cuadro de Rothko retorno al departamento, me siento, y observo como el rojo, verde, blanco y marrón de “No 3/No 13” y su verticalidad, contrastan con la horizontalidad de “Paisaje infinito de la costa del Perú”; prontamente, pego junto al cuadro de Eielson, manteniendo el blanco del horizonte en común, el afiche traído de la calle; me sorprende la coincidencia entre la franja blanca de la obra de Rothko y el trozo de yute de un etéreo gris verdoso de la pintura de Jorge, razono, nada es casual, dos maneras lacónicas de trasmitir la existencia, de ponerle una pausa al ruido del mundo. Dos artistas que ninguna vez se vieron dialogaban en la simplicidad grandiosa de sus telas. Jorge Eielson. Retrato por Enrique Bostelmann. © Jorge Eielson, heredera Martha Canfield (Cortesía Centro Studi Jorge Eielson). Rothko y Eielson fueron emigrantes con escaseces disímiles: Mark Rothko (Letonia, 1903 – New York 1970) había llegado a los Estados Unidos llevado por su familia a los 10 años y Jorge Eduardo Eielson (Lima, 1924 – Milano, 2006) estando por sumar 25 años desembarcaba en Francia. El primero no tenía clara su vocación pictórica, el segundo, era ya un talentoso y galardonado poeta con inclinaciones pictóricas. Por estos meses en Florencia (Firenze), estas dos historias opuestas, con momentos y periodos reveladores en su quehacer artístico, se cruzan. Cuando Rothko, se consolidaba en el ambiente expresionista abstracto estadounidense, a Eielson, le pasaba lo mismo como parte de la Generación del 50 en el Perú. Desde antes de esta coincidencia en Florencia, sus obras cohabitan en el MOMA de New York. Caminar en ámbitos opuestos no excluye especular coincidencias, los grandes campos de color, “Color Field painting” en la obra de Rothko, formalmente, bien podía haberse emparentado con los tejidos preincas de la cultura Nazca, telas y arte plumario admirados por Jorge Eielson. Mark Rothko No 3/No 13, 1949. ©Digital image, The Museum of Moder Art, New York /Scala Firenze ©1998 Kate Rothko Prizel and Christopher Rothko / Artist Rights Society (ARS), New York / SIAE Roma. Cincuenta y seis años atrás, 1970, Mark Rothko, fatigado por la depresión renunció a la existencia. Hace veinte años, 2006, Jorge Eduardo Eielson, cambió su estado creador por el de materia en espera, los últimos días de luz en sus ojos lo recibió en Milán, acompañado de Martha Canfield y el recuerdo vívido de Michele Mulas. Dos existencias entregadas al arte, con la sensibilidad de transmutar la materia sobre la tela. Rothko, atrapando la infinitud cósmica al abandonarse sobre el lienzo, Christopher Rothko, hijo del artista escribe: “Más bien, examino el desarrollo de su obra; cómo se relacionan sus diferentes períodos; cómo y qué quería comunicar; y cómo el progreso de su arte se relaciona con los acontecimientos de su vida". Eielson, de manera literal, anudando el movimiento, esa disposición lineal que engaña los curvados caminos, a decir de Martha Canfield: “De modo que el nudo es también lo que ata el cielo con la tierra, el cuerpo con el cielo, el alma con las vísceras”. Mark Rothko, 1952-1953 circa. Photo Henry Elkan/Courtesy The Rothko Family Archive. La “Fondazione Palazzo Strozzi”, comparte con el público, más de 70 lienzos de Mark Rothko, una cantidad significativa de pinturas dialogando con la herencia del Renacimiento. En el “Centro Studi Jorge Eielson”, aguarda una hermosa y profunda parte del legado de quien fuera el infinito autoexiliado (Florenc