Motivados por la responsabilidad ciudadana hemos asistido a votar para elegir presidente de la república, senadores, diputados y representantes al Parlamento Andino. En democracia, la mayoría le otorga elección y poder de decisiones a los postulantes. Los sufragantes no somos políticos, no buscamos ser autoridades; eso no extingue la condición de “ciudadano político”, que participa directa o indirectamente en cuestiones del quehacer público. La primera fase de las elecciones ha concluido. Ya conocemos a los dos contrincantes para la segunda vuelta. La memoria histórica advierte que, en cinco años, hemos tenido cuatro presidentes: Castillo -que le ganó limpiamente a Keiko Fujimori-, Boluarte, Jerí y ahora, hasta el 28 de julio de 2026, Benalcázar. El congreso supo manejar sin escrúpulos su mayoría, sus intereses y beneficios partidarios. En 2021 tuvimos, muy a nuestro pesar, que elegir entre Keiko, que fue derrotada por tercera vez en las ánforas- y Castillo que duró desde el 28 de julio de 2021 hasta su vacancia el 7 de diciembre de 2022; solo estuvo en palacio de gobierno 17 meses. Luego vimos a una Boluarte ceñirse, protegida por Fuerza Popular, Renovación Popular y APP, sus garantes políticos, la banda presidencial vestida de amarillo. Dos de treinticinco candidatos pasan al siguiente raund electoral. El 7 de junio se sabrá quién gobernará el Perú del 28 de julio de 2026 hasta el 28 de julio de 2031, si es que estamos libres de la maldición de la vacancia Es una verdad de Perogrullo que la política está infravalorada por la práctica éticamente incorrecta de los políticos durante el ejercicio del poder. Casi se podría decir que político es sinónimo de un conjunto infame de palabras que van desde mentiroso hasta corrupto. Y razón no falta. Hemos sido testigos que, entre la promesa electoral y actuación del candidato, convertido en autoridad por el voto popular, no hay sintonía ni coherencia que permitan valorar una conducta acertada y digna. No basta saber cuáles son las funciones y responsabilidades que les compete. La gran valía de un político es su palabra y acción dentro del marco legal y moral. Lo demás es cuento chino. Desde que se ha instaurado la república, con actos heroicos en las batallas de Junín y Ayacucho, la democracia constitucional ha sido un régimen que ha permitido bienestar y estabilidad a las instituciones y al destino de los ciudadanos. Desde entonces las luchas políticas y los debates ideológicos siempre constituyeron la esencia y los desafíos de la democracia. El acierto de la gobernabilidad radica en el equilibrio sensato, de finos matices de liderazgo y autonomía de los poderes del Estado, el respeto de la voluntad de los ciudadanos y la solución de los problemas que beneficien a la gente. Si los porcentajes no cambian sustancialmente, la segunda vuelta será entre Keiko Fujimori (Fuerza Popular) y Rafael López Aliaga (Renovación Popular) o Roberto Sánchez (Juntos por el Perú) o Ricardo Belmont (Partido Cívico Obras) o Jorge Nieto Montesinos (Partido del Buen Gobierno). César Acuña Peralta y APP pareciera que hubieran desaparecido del mapa político. El JNE tiene la última palabra. Carlos Álvarez y Alfonso López Chau quedaron atrás. La suerte de los 33 candidatos está echada. Participaron como la ley permite y hasta ahí llegaron. Ahora queda saber quiénes son los senadores y diputados y cómo tienen que convivir y moverse en el parlamento. Cada quien exigirá su cuota de poder y negociación de votos que sean necesarios con tal de sacar alguna ventaja política para su partido, ellos mismos y sus líderes. Eso ha sido siempre el modus operandi . Qué garantiza que esta situación se revierta en un ejercicio honesto, congruente y decente. Esta coyuntura electoral es la decisión de los electores. El poder de la democracia surge de la voluntad demostrada en el voto y las preferencias. Desde el 28 de julio de 2026 necesitamos cinco medidas concretas: resolver urgentemente el problema de inseguridad ciudadana con ley, firmeza de autoridad y resultados mensurables; estabilidad política y gobernabilidad sostenible que se exprese en el consenso y las metas en común entre el congreso bicameral y el gobierno; fortalecer la autonomía de las instituciones y de los poderes del Estado; despojarse de los colores e intereses políticos para conformar un solo frente para enfrentar y resolver problemas y acortar las brechas sociales en educación, salud y conectividad vial; manejo de un discurso concertador y de aglutinamiento político, sin polarización, terruqueo, estigmatización a los caviares, confrontación política ni odio irracional. A Max Hernández le preguntan si será posible crear consensos a partir del 13 de abril. El secretario ejecutivo del Acuerdo Nacional y psicoanalista responde: “No sé si será posible, pero es necesario. Y, a veces, la política no es solo el arte de lo posible, es el arte de enfrentar lo necesario. Quien quiera que gobierne tiene que sabe