En Matara hay cosas que no se dicen, se soplan, se cuchichean como pecado en confesionario, con culpa, con morbo y con ganas de seguir hablando. Ahí entran tres temas sagrados del chisme pueblerino: la pobreza (que todos padecen, pero nadie firma), las cornudas (que todos identifican, pero nadie consuela) y el más delicado de todos: la famosa chapa de «fósforo seco». «Se le dispara antes de tiempo» decía una comadre, bajando la voz como si el viento fuera soplón. «Ni tiempo le da a la mujer de persignarse», remataba otra, votando gallinas con más rabia que costumbre. Y así, entre risitas y miradas cómplices, el tema corría como trago fiado: nadie lo pedía, pero todos lo consumían. Hasta que un día, en pleno carnaval, cuando el pueblo huele a talco, cerveza y pecado con permiso, apareció el sobrino de la abuela Pancha, el pobre venía con la cara más caída que bandera después de fiesta patria. Bigote ralo, mirada esquiva y dignidad en huelga. «Abuela», dijo, con vergüenza «¿no tendrá remedio, usted debe saber que estoy durando como TikTok en el amor?». La Pancha, que tenía más calle que vereda antigua, soltó una carcajada que hizo temblar hasta a los cohetes. «“¡Carajo! ¿Y recién me vienes a contar? A tu edad ya deberías durar más que serenata de borrachos, pues, muchacho». Pero la Pancha no era solo lengua afilada, era también biblioteca clandestina de saberes prohibidos, de esas mujeres que no salieron en libros, pero que sabían más que diez doctores juntos y sin título que las respalde. Se metió a su cocina y sacó su famoso recetario. Ese que no estaba en la Biblia ni en botica alguna, era uno que olía a hierba, a tierra húmeda y a secretos mal contados. «Toma nota, inútil», le dijo al sobrino. «Este es el Remedio Apóstata para la eyaculación precoz, herencia de bisabuelas pecadoras y curanderos que no creían ni en su sombra». Y comenzó a dictarle una serie de ingredientes, más raros que políticos honestos. Cinco pepas de papaya seca, ni cuatro ni seis, una pizca de raíz de viriloca, que crecía, según la vieja, entre las rendijas de los pisos del cementerio, dos gotitas de toronjil fresco, para calmar el espíritu inquieto y una rodaja de yuca sancochada, y, como broche de oro, una oración al Santo Apurador, pero dicha al revés, con aliento a aguardiente. La preparación era menos receta y más prueba de fe, había que moler las pepas con paciencia, hervir todo en olla de barro (porque, según la Pancha, las otras ollas “mata hasta la esperanza”), y tomar durante nueve lunas seguidas. «Sin fallar ni una, carajo, aunque la vecina te llame a la ventana con minifalda». El sobrino asentía como alumno jalado en recuperación, la vieja cerró su recomendación con una frase que quedó en la memoria colectiva del pueblo: «Hijo, no corras, el cuerpo aprende, pero el corazón acompaña. No seas como fósforo prende rápido y se apaga igual». Dicen, porque en el pueblo todo se sabe y todo se exagera, que el muchacho mejoró; pasó de ser velocista olímpico a corredor de fondo, de esos que no ganan por rapidez, sino por resistencia y terquedad. Y claro, la fama de la abuela Pancha creció más que deuda en cantina. Cada carnaval, entre borrachos sentimentales y bailarinas cansadas, siempre aparecía algún valiente con voz temblorosa: «Mamita Pancha ¿no tendrás tu brebaje milagroso?» Y ella, con esa sonrisa pícara que ya era marca registrada, respondía: «Mira, hijito, para que dure el amor no es solo prender la mecha es saber mantener la candela. Pero igual tómate el brebaje, que daño no hace y al menos te entretiene». Así, entre risas, vergüenzas compartidas y tragos, el secreto de la abuela Pancha se volvió leyenda, no por científico, no por elegante; sino porque, en el fondo, decía una verdad que nadie quería aceptar, que el problema no siempre está en el cuerpo, sino en la prisa. Y desde entonces, en Matara quedó clarito, grabado como insulto bien dicho que el amor no es carrera de cien metros, es maratón con pausas, cerveza fría y, si se puede, sin hacer papelones. Las Pampas, 09 de abril del 2026