La vida es un electrocardiograma, no una regla para hacer trazos geométricos. Se pierde una batalla, pero no la guerra. Ante un conflicto hay dos opciones: hacer algo y resolverlo (“metáfora del tapón de corcho”) o no hacer nada y ponerse a llorar la mala suerte. Criticar, juzgar y maldecir son pruebas fehacientes de nulo control emocional. La escuela tiene que girar en torno a cuatro ejes fundamentales: pedagogía, convivencia y bienestar emocionales, gestión educativa y tecnología. Esto permite una educación integral de los estudiantes y un desempeño docente responsable en el marco del enfoque por competencias, sin descuidar el trabajo cognitivo, científico y cultural. No basta la acumulación de información para evaluaciones, sino fomentar habilidades blandas, hábitos ambientales y un deseo por vivir emocionalmente cómodo. El estrés, la depresión, la ansiedad e impulsividad son trastornos que pueden ser letales. Es mejor vivir feliz y en paz en una casa modesta, que vivir infeliz en un palacio de oro. Se trabaja para vivir, no vivir para trabajar. Gestionar emociones es tarea personal e institucional que requiere entrenamiento y acompañamiento. Un ciudadano con emociones alborotadas es un riesgo latente. Hoy el mercado laboral demanda también “competencias emocionales”. Somos responsables de nuestras emociones.
En Paco Yunque, el célebre cuento de César Vallejo, se configura un caso especial de bullying. Ahí están los actores: el matón agresor, la víctima con afectación física y emocional, el patio como escenario y los espectadores cómplices, que incluye al docente. Solo Paco Fariña se solidariza. El agresor Humberto Grieve es hijo del alcalde, en cuya casa vive Paco Yunque con su madre, la sirvienta de la familia. En esos años, no se llamaba bullying. Este relato fue escrito en 1931, pero publicado póstumamente en 1951. La realidad de hoy revela que aún existe, y con más perversidad, el bullying y el ciberbullying. Esto también se ve en La ciudad y los perros de Vargas Llosa. Ser empático -ponerse en los zapatos ajenos- es una actitud positiva, una habilidad blanda que acerca a las personas durante las relaciones interpersonales en la familia, en el trabajo o en la escuela. “No ser empático” revela un carácter indolente, incapaz de sentir que el interlocutor tiene sentimientos y emociones. El chofer que se enoja con el semáforo tiene cero regulación emocional. Ese descontrol emocional sí se puede gestionar. La luz roja del semáforo no va a cambiar rápido por más que se le mente a la madre mil veces. Cuando la emoción está por encima de la razón el desastre del carácter es predecible. Un caballero con terno azul presidente puede terminar convertido en un energúmeno cuando quiere colarse en la fila para ser atendido. Según la RVM N°. 051-2025-Minedu, las instituciones educativas deben implementar acciones de soporte socioemocional en los estudiantes, docentes y padres de familia.
Rafael Bisquerra, educador español, es un gurú de la educación emocional, referente indiscutible de la gestión emocional. Sostiene que las emociones contienen lo mejor y lo peor de la vida de una persona. Hay miedo, violencia, frustración, estrés y alegría, solidaridad, empatía, felicidad. ¿Cómo gestionarlas? He ahí el problema que resolver. El conocimiento científico es un avance notable e innegable, pero no necesariamente para la vida personal de los ciudadanos. ¿La IA hace feliz? La IA optimiza el tiempo, facilita el trabajo académico y el aprendizaje y acelera los resultados. La educación emocional merece igual atención que el aprendizaje científico y el logro de competencias. Es que la “gestión de las emociones” es una utilísima competencia que será aplicada por el ciudadano en sus actividades diarias, profesionales, amicales y familiares. Según Bisquerra, el reto del siglo XXI es dar el gran paso de la educación cognitiva a la educación emocional. Un estudiante con estabilidad emocional y alta resiliencia tiene mejor rendimiento académico y generación de habilidades blandas para una convivencia tolerante, empática y saludable. La educación emocional empieza en la familia y se refuerza en la escuela. Sin embargo, hoy existe un conflicto entre familia y escuela. El primer aprendizaje es la regulación emocional; es decir, tomar conciencia y ejercer un control de las emociones. Tenemos derecho a sentir miedo, tener rabia e indignación -necesitamos expulsarlo-, pero lo que no tenemos derecho es a agredir y buscar culpables de lo que nos sucede. Para Rafael Bisquerra es necesario manejar un “diccionario emocional” donde luzcan palabras, no como significado sino cómo las sentimos: alegría, paz interior, sosiego, felicidad, etc. Si solo la frase “paz interior” la entrenaríamos en la vida diaria y personal, muchos sinsabores, ligerezas verbales y exceso de actitud nos ahorraríamos. La clave es gestionar con eficiencia las emociones. El aprendizaje de las “competencias emocionales” se da a lo largo de la vida, que trasciende la escuela, la universidad y el trabajo. El bullying se tiene que atacar con regulación y gestión emocionales. La violencia -que tiene su origen en la ira, la intolerancia y el racismo- se puede prevenir con educación emocional. Bisquerra advierte: “Baja tolerancia a la frustración, alto nivel de impulsividad y ausencia de límites, cuando llega la adolescencia, puede ser un cóctel explosivo de efectos incalculables”. Chantaje emocional y sobreprotección de hijos son nocivos.
En una sociedad compleja y con cambios acelerados, donde es imposible ignorar redes sociales, valores éticos posmodernos -todo es relativo- e IA, la conciencia y la regulación emocionales juega un rol relevante en la vida diaria. El maltrato a los usuarios en las instituciones es carencia de empatía, paciencia y vocación de servicio. Es un desafío el analfabetismo emocional. La convivencia saludable, basada en respeto, límites y normas, se da cuando las emociones tienen afinamiento. Esto no nos hace infalibles. Incorporar en el currículo la educación emocional es imperiosa urgencia. El mundo, la dinámica familiar, la escuela y las instituciones enfrentan serios problemas emocionales. El abuso del poder político, la discriminación por razones económicas o “estatus social”, el chisme maldiciente, el insulto denigrante, el chiste de sutil racismo o la intolerancia a la frustración son manifestaciones de desequilibrio emocional que afecta a los ciudadanos. Una gestión inteligente de emociones permite vivir en paz. La paz espiritual y la salud mental son decisiones no negociables. Nadie puede vivir tranquilo emocionalmente cuando hay actitudes y contextos tóxicos, de inseguridad y hostigamiento sistemático. El bullying (acoso escolar) y el moobing (acoso laboral) representan casos flagrantes de socavamiento emocional. La vida no solo es trabajo y sueldo, sino también recreación, lectura, “vida retirada”, viaje, gimnasio y alimentación saludable. La vejez es el mejor termómetro para saber cómo fue nuestra vida social, laboral y, principalmente, emocional.










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