Nace recordar a don Joaquín López Antay (Ayacucho, 1897 - 1981) quechua-hablante, sin estudios universitarios, residencias, ferias, maestrías y todo lo que la burocracia del entorno del arte te pide anotar en tu CV. Le fue concedido el Premio Nacional de Cultura, la bulla desde el sistema dominante no se hizo esperar: ¿artesano o artista? Algo similar sucede con Sara Flores (Tambo Mayo, Ucayali, 1950), como don Joaquin, encarna no su voz, sino la de una tradición, de muchos anónimos artistas ensombrecidos en los pueblos. Ella es memoria que los regímenes, a pesar de sus esfuerzos, no han conseguido borrar.

Isis, Diana, Sara, Deysi, Pilar y Fiorella (Foto cortesía: Martín Bonadeo).
Llegamos a Venezia desde Barcelona junto con el artista Martín Bonadeo, llueve como en nuestros lugares, el recorrido nos lleva primero al pabellón argentino, representado por Matias Duville. Luego, subimos al Pabellón peruano, ahí, las pinturas de Sara Flores esperan entre el misterioso silencio de la mañana y la belleza enternecedora con que sus grafías sobre tela de algodón se ven colgadas. Es imposible evitar, mientras se observan las obras, que los territorios amazónicos- andinos, estén expuesto a la deforestación, minería ilegal, narcotráfico, menonitas, corrupción, leyes estatales de adorno, etc. Sara cuenta, su nombre original es: “Soi Biri (dibujado con precisión)”, recorre la sala atendiendo los pedidos fotográficos, mientras su nieta Diana canta, piensa en su lejana Pucallpa y sueña que el arte, es la mejor manera que poseen las voces acalladas para generar cambios, para hacer política.

Artistas: Sara Flores y Martín Bonadeo.
Proyectada en un enorme panel ondea la propuesta de una bandera para la nación Shipibo-Conibo, “Non Nete (nuestro mundo)”. La labor de los curadores Issela Ccoyllo y Matteo Norzi está a la altura del reto en la 61 Biennale di Venezia, titulada: In Minor Keys (en tonalidades menores) propuesta de la fallecida curadora Koyo Kouoh (1967 – 2025). El espacio peruano, en el área “Arsenale” ha quedado impecablemente montado, de fácil recorrido; no requiere asfixiantes textos. Los viejos ventanales del edificio pactan con cada obra, con las formas delicadas; la invención de los mosquiteros le da volumen: corte y equilibrio para la irradiación traspasando los ciclópeos rectángulos. Si bien, no comparto el mote: “primera artista indígena” (desde otro frente se podría mencionar: “quinto artista blanco”) como representante del pabellón peruano, la obra de Sara Flores trasmite la infinitud del lenguaje visual y canto kené.
Sara Flores, es una artista peruana de la vertiente amazónica, representa en igualdad de condiciones visuales y creativas a una cultura desfavorecida. Si el país centralista, se muestra en un estado constante de zozobra, su periferia nunca ha bajado la guardia o menguado la vitalidad de su relación con la naturaleza donde se desenvuelve; todo lo contrario, a la constante al mal tiempo, diariamente pone buena cara. Tu nombre, no es todo lo que te vincula con una continuidad ancestral, están tu colectividad, tu sangre... Sara, no expone sola, a unos minutos, siempre en el “Arsenale”, Celia Vásquez Yui (Paoyhan, Ucayali, 1960) presenta la instalación escultórica titulada “El consejo de los Espíritus Madres de los Animales”, curada por Matteo Norzi. Ambas artistas son activistas y por extensión, personas sabias, voces de su comunidad.

Issela Ccoyllo y Matteo Norzi curadores, al centro Sara Flores (Foto cortesía: Martín Bonadeo).
El activismo de Sara es su modestia, todo personaje con sus méritos asumiría otra actitud: pedantería y pomposidad, ella en cambio, sigue siendo la de siempre, como sus trazos y sus formas, claridad y acertijo, equilibrio entre las vicisitudes y el éxito, la ponderación llevada a la sencillez de la tela de algodón en trazos guiados por los “icaro” de sus ancestros. Sara Flores es una abuela sabia, toma el color y cuenta momentos frágiles de su subsistencia, los trasmite a sus hijas y nietas. El andar de uno es el de todos los que no están, de los que son y vendrán. La tela de algodón natural se ha instrumentalizado para urdir memoria, narraciones infinitas. La voz a la que representa siempre pinta y canta, no sucumbe a la comodidad del centelleo, el esnobismo y el escaparate.
La presencia de Sara Flores y Celia Vásquez en la Bienal, golpea de frente el papel que desempeña el sistema artístico peruano. Una ley o un cartón no define la importancia de una nación, persona y obra.

Sara Flores (Foto cortesía: Martín Bonadeo).
Martín Bonadeo está conmovido con la exposición y el canto interpretado por Diana, se acerca a ella y le pide le revele el canto: “yo estoy cantando, cantando para ustedes esta canción, esta canción seguirá cantando y abraza a cada uno de ustedes. Les doy la bienvenida, bienvenidos, sigan viendo esta obra… esta mujer seguirá cantando para ustedes. Es la canción de nuestro pueblo” (Venezia, mayo 2026).







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